La relación forma/contenido en el nuevo Cine Documental : “Ruta 181”, fragmentos de un viaje en Palestina-Israel.

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La RUTA 181, FRAGMENTOS DE UN VIAJE POR PALESTINA-ISRAEL / Dirección: Eyal Sivan y Michel Khleifi / 270’ en total / 2003 / Francia / Betacam / En el verano de 2002, durante dos meses, Sivan y Khleifi atravesaron juntos, de Sur a Norte, su país: Palestina-Israel. Durante su recorrido, dieron la palabra a hombres y mujeres, israelitas y palestinos, jóvenes y ancianos, civiles y militares. Las fronteras no se construyen sobre colinas y valles sino, fundamentalmente, en el espíritu de ambos pueblos.

 

 

Un texto de Enrique Aguilar

 

Ruta 181, último trabajo de Eyal Sivan (aún no estrenado en España como sus filmes anteriores) y codirigido con el realizador palestino Michel Khleifi, es un claro ejemplo del documental como herramienta eficaz de un discurso crítico. Este ‘género’ cinematográfico, relegado a menudo a investigaciones de carácter antropológico, social o didáctico, deviene en esta ocasión instrumento de crítica incisiva y forma de aproximación certera hacia una de las realidades más problemáticas del planeta: el conflicto árabe-israelí. El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba la Resolución 181 que proponía dividir la región de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe, con una zona bajo control internacional que incluía Belén y Jerusalén. La negativa (e incapacidad) del gobierno británico de llevar a cabo la propuesta y el rechazo de los países árabes de la zona a la resolución propiciaron así, tan sólo 6 meses más tarde, el inicio de la guerra árabe-israelí de 1948.

Ruta 181 nos propone un recorrido por la frontera que la resolución de 1947 propuso para poner fin a los conflictos entre judíos y árabes en la región de Palestina. Durante 2 meses de 2002, Eyal Sivan y Michel Khleifi atravesaron juntos, de Norte a Sur, este territorio recogiendo multitud de testimonios y dando rostro y voz a las personas que lo habitan. Un recorrido de 4 horas y media de duración en el que destaca no sólo el compromiso demostrado por los cineastas para con su país y su gente sino también la forma con la que el filme construye su discurso. Como pocos documentales, Ruta 181 profundiza en la percepción de los habitantes de la región para demostrarnos que la frontera que separa las dos comunidades no es tan sólo un factor físico, encarnado en última instancia en la ‘valla de separación’ construida por Israel en Cisjordania, sino también una cuestión mental profundamente arraigada en ambos pueblos; sobre todo tras la guerra de 1948.

En este sentido, entre las propuestas de Ruta 181 encontramos una apropiación de las herramientas del reportaje periodístico, como la entrevista y el estilo (televisivo) del ‘directo’, para indagar en los fantasmas de la población de la zona y dotar así de una nueva dimensión a la imagen documental. La cámara se planta frente a los hechos con un distanciamiento frío, cuasiobjetivo, y, al contrario de lo que sucede en el reportaje televisivo, permite que la realidad se apodere de la imagen al descartar el montaje en favor de la ‘acción’ registrada. El enfrentamiento entre los judíos y su propio ejército o el recorrido junto a la ‘valla de separación’ no se supeditan a un montaje narrativo o dramático, sino que son registrados casi en su totalidad para dar con la distancia necesaria que permita juzgar, por sí mismo, al espectador. Sivan y Khleifi no coaccionan el plano, se plantan y hacen suyos ‘tópicos’ televisivos, como las ‘cámaras escondidas’ cuando los militares les ordenan apagarlas o cuando se les increpa su posicionamiento crítico, para subvertir el convencional acercamiento a lo real del documental televisivo.

En el caso de la entrevista, este cuestionamiento de los recursos de aproximación a lo real les permite analizar y, sobre todo, poner en crisis las declaraciones de los individuos que encuentran a su paso. La capacidad crítica de la entrevista, obvia si consideramos que la pregunta-respuesta permite al entrevistador rebatir las declaraciones del entrevistado, pasaría desapercibida si no fuese porque los cineastas consiguen llegar así a la percepción interior del conflicto, a esa frontera como ‘cuestión mental’ que comentábamos antes y al mentís del que, posiblemente, parte. Alejándose de la contra-pregunta inmediata, Sivan y Khleifi proponen una entrevista en la que el sujeto tiene el tiempo que desea para responder a la cuestión planteada. Los realizadores no dirigen el discurso sino que esperan que los individuos expliquen su ‘versión’ de los hechos para, en muchos de los casos, señalar más tarde una contradicción que los testimonios se niegan a reconocer. Así por ejemplo, es significativo el momento en el que un palestino reconoce ser ‘pillado’ por los cineastas cuando estos le preguntan por el Juicio de Salomón[1] después de que sentencie su comentario asegurando que ‘si los árabes hubieran aceptado la resolución de la ONU ahora habría Estado palestino’.

Por esta razón no es de extrañar que en muchas ocasiones veamos a la gente reacia a hablar ‘de más’ ante la cámara. Muchas personas sólo se limitan a repetir lo que los medios de comunicación locales les han informado sobre las acciones del ‘enemigo’ y rechazan hacer comentarios cuando los cineastas les preguntan por su propia percepción de los hechos. Aquí es precisamente donde Ruta 181 dota de una nueva dimensión, política con toda seguridad, a la imagen documental. Cuando los individuos mismos aseguran no querer entrar en el tema porque ‘eso ya es una cuestión política y más vale no hablar de ello’; cuando el cine supera el mero registro de la superficie de lo real para poner de manifiesto lo que el día a día del conflicto oculta tras las primeras declaraciones de los habitantes de la región.

En este sentido, el filme basa precisamente una de sus grandes aportaciones en su capacidad crítica y analítica de las instituciones y los mecanismos de opresión del poder. El cine como instrumento crítico de análisis se pone de manifiesto cuando Sivan y Khleifi, por ejemplo, dejan en evidencia la política militar israelí cuando los responsables de una fábrica de alambre de púas, modificado para ser más peligroso, aseguran que su producto no se emplea en las fronteras internacionales, por razones humanitarias, pero que los soldados israelíes lo utilizan en Gaza. O también cuando entramos en el Museo del agua y nos enteramos de los sucesivos acuerdos políticos que se apropiaron del desierto del Neguev, y pasaron así del 17% inicial del territorio judío al 57% del total de Palestina, o incluso cuando conocemos que el Fondo Nacional Judío compraba las tierras de los árabes de la zona (¡desde principios de siglo!) para construir más tarde el Estado de Israel expulsando para ello a los habitantes árabes de las áreas aledañas.

En un país (Israel) edificado con una población básicamente inmigrante, la institución más instrumentalizada en favor del poder es, sin lugar a dudas, la escuela. Después de que Sivan criticase la simbiosis entre el concepto de estado y de religión en Izkor, los esclavos de la memoria (Izkor, les esclaves de la mémoire, 1991), en Ruta 181 va más allá aunque, en esta ocasión, la crítica es más distanciada, sutil o ‘no explícita’, si así se quiere decir. Tal como mencionábamos antes, los realizadores Ruta 181 plantan la cámara, esta vez ante los mecanismos de enseñanza del Estado hebreo, evidenciando el adoctrinamiento de los niños y su predisposición a los dogmas de la historia oficial. Resulta escalofriante presenciar la perversión de una actividad lúdica cuando vemos a los niños cantar ‘Somos los jóvenes pioneros…’, alabando la actividad de los kibutz y los moshav[2], y saber que de esta forma el Estado se asegura que en un futuro su versión de los hechos no podrá ser refutada por estos individuos.

Esta ‘puesta en crisis’ de las bases del Estado hebreo nos permite asegurar que Ruta 181construye todo un trabajo en torno a la memoria colectiva. En un momento concreto del filme, cuando unos escolares árabes se acercan al vehículo de los cineastas, los niños no saben a ciencia cierta cómo identificarse. ¿Árabes o israelíes, palestinos o israelíes? Más allá de la religión que han heredado en casa, ninguno de ellos sabe cómo definir su situación en un territorio disputado por dos pueblos. Según sus propias palabras, ellos ‘no aprenden la historia de su país (Palestina) sino la de Israel… están con Alá pero son israelíes… los palestinos están en Palestina’. Es descorazonador ver cómo el poder corrompe paulatinamente la memoria colectiva de un pueblo que no se identifica ya con el legado de sus padres, mientras el Estado que los ‘acoge’ no los acepta como ciudadanos de pleno derecho por no ser judíos.

En este sentido, el filme de Sivan y Khleifi también plantea un valiosísimo trabajo de recuperación de la memoria. Contraponiéndose al goteo incesante de información de las cadenas mundiales de televisión donde sólo se registran los atentados suicidas de los palestinos, Ruta 181 recoge los testimonios de aquellos que vivieron la represión del ejército hebreo a finales de los años 40. Si bien es cierto que la primera guerra árabe-israelí la desencadenaron los ejércitos de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak al invadir Palestina, también es cierto que poco o nada se conoce de las atrocidades cometidas por el ejército israelí. El testimonio como única vía posible para afrontar los fantasmas del pasado, como aseguraba Hannah Arendt, es una de las bazas de Ruta 181 para recuperar la memoria cuando, por ejemplo, un grupo de ancianos nos relata la matanza de la mezquita de Lod, cuando uno de ellos nos cuenta cómo 6 soldados israelíes violaron a una mujer árabe en su propia casa, cómo el ejército robaba a los árabes expulsados de la ciudad o cuando uno de ellos nos relata las prisas de los palestinos por ocultarse de los militares israelíes en el ghetto árabe de Lod. Un terrorífico gesto de complicidad que nos hace la Historia si pensamos en los antecedentes europeos de estos testimonios.

Este minucioso trabajo formal en torno a lo real también lo podemos encontrar específicamente en la imagen. En lugar de construir un discurso crítico facilón o panfletario, Sivan y Khleifi elaboran en Ruta 181 un discurso estético que no afecta al contenido del encuadre. La imagen no se sirve de panoplias esteticistas ni supercherías dramáticas para hacer digerible la dureza del contenido sino que lo respeta y nos los presenta en toda su dimensión real. Ruta 181 plantea una reescrituracrítica de la representación de certezas como la frontera que, a diferencia de otras propuestas visuales como la de De l’autre côté (Chantal Akerman, 2002), no pretende embellecer o suavizar lo que un muro de concreto supone para todo un pueblo. Los travellings de Ruta 181 son los planos secuencia más desoladores que se hayan registrado jamás tras las pistas de una separación irreconciliable entre dos pueblos. Las ruinas de las casas árabes abandonadas y semidestruidas o el nuevo ‘muro de la vergüenza’, que aislará aún más a la población palestina de Cisjordania, son representados a través de una forma que alberga un discurso estético apropiado al registro de esa realidad.

Por todo esto vale decir que Ruta 181 abre nuevas vías de aproximación documental hacia lo filmado. Suerte de documento histórico y discurso crítico, Ruta 181 se presenta también como parte de un determinado cine confesional que alberga en su discurso un necesario exorcismo colectivo. En este caso el de los militares israelíes y los civiles judíos que no quieren reconocer sus sentimientos de solidaridad hacia el pueblo árabe. Un cine en el que el testimonio es tan valioso como adecuado es el tratamiento que ha de recibir por parte de los cineastas. Un relato, el de los entrevistados a lo largo del recorrido, niños y adultos, civiles y militares, árabes y hebreos, palestinos e israelíes, que gracias a la forma del filme nos permite entrar en la verdad interior de los individuos y criticar los mecanismos de actuación del poder. Como si el objetivo último fuese la revisión histórica, Ruta 181 demuestra el valor de su aportación a través de una mirada lúcida y penetrante contra la ‘versión oficial’ del Estado y la ‘versión pactada’ de los medios de comunicación. Una capacidad crítica, insubordinada y disidente, que ha contribuido en la construcción de determinada estética de la resistencia. Un cine, en definitiva, que se fundamenta en una mirada irreductible ante el registro de lo real.

Notas:

1. El Juicio de Salomón remite a una conocida cita bíblica (1Reyes 3:16-28) en la que Salomón debía decidir cuál de las 2 mujeres que reclamaban la maternidad de un niño era la madre auténtica. Cuando Salomón decidió partir al niño vivo en dos la madre auténtica renunció a él mientras la otra aceptaba la resolución del rey de Israel. Salomón ordenó entonces entregar el niño a la mujer que había renunciado a él con tal de mantenerlo con vida. [Volver arriba]

2. Los kibutz y los moshav, con las características que puedan diferenciarlos, son colonias agrícolas de producción y consumo propio y comunitario que han desempeñado un papel fundamental en la creación del Estado de Israel. Para los judíos representaban el retorno a la tierra, a una forma de vida agrícola, motor comunitario y base del futuro Estado hebreo. Por su parte, para los árabes han sido los emblemas de la política expansionista del pueblo judío. Para ellos, los israelitas han basado su ocupación territorial en la idea de que ‘la frontera está donde se encuentra el último kibutz’. El primero de ellos, denominado Degania, fue fundado en 1909 por judíos rusos llegados en la segunda gran oleada de inmigrantes judíos. [Volver arriba]

 

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